Para muchas familias, la hora de comer puede convertirse en un momento de tensión, dudas y preocupación. Lo que imaginábamos como un espacio tranquilo y agradable a veces se transforma en rechazos, enfados o incertidumbre sobre si nuestros hijos están comiendo “lo suficiente” o “lo adecuado”. Es importante saber que estas situaciones son frecuentes y forman parte del desarrollo infantil.
Durante los primeros años de vida, los niños están aprendiendo a conocer su cuerpo, a identificar el hambre y la saciedad, a descubrir nuevos alimentos, cómo se come y cómo se sienten mientras lo hacen. Su apetito cambia, su curiosidad también, y cada vez quieren ser más autónomos. Todo esto conlleva que, a veces, se presenten algunas dificultades a la hora de comer y que no sea un momento tan tranquilo como nos imaginábamos, pero esto forma parte de su desarrollo.



Cuando un niño rechaza un alimento, puede ser por diferentes causas: puede ser la expresión de una preferencia, una emoción o simplemente que necesita otro ritmo. Puede ocurrir que un día coma muy bien y otro día coma poco. La alimentación no es un camino recto, sino un proceso de idas y vueltas lleno de aprendizajes.
En este proceso ayuda mucho mantener rutinas: comer a horarios similares, en el mismo lugar y sin prisas les dará seguridad.
Comer todos juntos, compartiendo los mismos alimentos, disfrutándolos y explorando diferentes sabores, hará que el niño sienta curiosidad y quiera hacer lo mismo.
Cada niño necesita su tiempo para aceptar alimentos nuevos. Necesitan verlos, tocarlos, olerlos, explorarlos y, después, animarse a probarlos. Un alimento que es rechazado hoy no quiere decir que siempre sea así; la repetición en el ofrecimiento, sin presión, es clave. Es importante que llegue el momento en que lo pruebe para saber si le gusta o no.



También el hecho de involucrarlos en la compra, ayudar a poner la mesa, participar en la preparación o elegir entre dos opciones fortalece el vínculo con el momento de la comida y aumenta el interés y la disposición a probar.
Cada niño tiene su ritmo: habrá días fáciles y otros más complicados. No hay una receta mágica ni una comida perfecta, pero acompañarlos en todo este proceso con paciencia, respeto y coherencia ayudará a construir una relación sana y positiva con la comida que durará toda la vida.

